BiPA: teoría/01

21 Ago

Una ciudad, de noche, es un escaparate vacío.— Edmond Jabés

Según Walter Benjamin, los filósofos son los “lacayos peor pagados de la burguesía internacional.” Ahora que los filósofos han sido internados, quizá para siempre, en el loquero que es el sistema académico, llega el turno de los poetas para ser domesticados—los que no se dejen domesticar serán ninguneados.

Hace dos siglos que los escritores de prosa—novela, cuento, ensayo—viven en el exilio que es el comercio, donde subsisten a duras penas como inmigrantes económicos. Dependen enteramente de las necesidades y obligaciones de las editoriales y las distribuidoras de libros. El comercio de las artes plásticas ha cobrado volumen en las últimas décadas, a nivel internacional, y los artistas luchan a cuchillo entre sí para que se les incluya en sus redes de explotación. El modelo para el comercio del arte es el de las industrias extractivas (extra-activas): devastación del territorio, exclusión de la población local, destrucción de ecosistemas, escaso influjo de riqueza al lugar de donde se extraen los recursos, sean naturales o imaginativos. La gente que vive en estos territorios termina luchando entre sí por la supervivencia. La fama, el ego, es la tara trágica que conduce a los artistas al combate cuerpo a cuerpo, la guerra de trincheras donde morirán para ser enterrados en la fosa común del olvido.

En algunos países, la burguesía ha encontrado que el mejor sitio para alojar a los poetas sin que la avergüencen demasiado cuando hay visitas, es la universidad. Por suerte, en nuestro país todavía no ha ocurrido esto, y los poetas seguimos ostentando una enorme libertad de morirnos de hambre, de vestir andrajos y avergonzar a los burgueses cuando menos lo esperan por medio de nuestra mera presencia y algún que otro comentario suelto.

Desde Baudelarie ha quedado claro que la ciudad y sus calles son el hábitat natural de los poetas (“la ciudad es nuestra nueva naturaleza”). Baudelaire comparó al poeta con el trapero—lo que en la Argentina actual sería un cartonero—y Benjamin siguió esa pista para conceptualizar su propia labor. Pero el mundo ha cambiado y el poeta ha perdido status—hoy resulta más preciso agruparlo con los indigentes y los que buscan comida en los contenedores de basura que el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires ha tenido a bien colocar de dos en dos en cada cuadra.

La basura es el principal sustento de los poetas. Las palabras que la gente gasta y tira sin pensar, como si fueran envoltorios de golosinas o latas y botellas de plástico, son recogidas del piso, y cazadas al vuelo, por los poetas como si fueran billetes de 100 pesos. Con internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, la basura lingüística ha proliferado de tal manera que los poetas no dan abasto y algunos empiezan a hablar de crisis ecológica y el consiguiente colapso de la civilización. Otros meramente se ríen, sin dientes, y siguen persiguiendo billetes de 100 por la vereda, los andenes del subte, en trenes y colectivos, y donde sea que la gente habla o mensajea, para correr luego a sus guaridas a contarlos y anotar los números de serie en sus cuadernos o notebooks.

La BiPA es el trabajo de un poeta que ha literalizado la recogida de basura. Ya no levanta palabras como envoltorios, sino que echa el guante a los envoltorios mismos. (Lo del guante también es literal). Los poetas del siglo XX estaban equivocados: no se trata de crear más metáforas, de estilizar al máximo el lenguaje, sino de llevarlo a los límites de su propia literalidad. Lo literal no es sólo la puesta en crisis de la metáfora, sino también de la literatura y hasta del mismo lenguaje. Es en ese espacio y tiempo de crisis que la labor del poeta, el trabajo de la poesía, cobra su sentido. Lo cobra como una pensión que el estado otorgara a los indigentes, o como el sueldo básico universal que el capitalismo actual (y su burguesía) tiran a la cara de los trabajadores que han sido desplazados por máquinas y de los que ya no cabemos (por elección propia o no) en el sistema de producción de riqueza para otros.

La BiPA en la Casa del Bicentenario 

13 Ago

12 de agosto de 2016: arranca la andadura de la BiPA en la Casa del Bicentenario, Buenos Aires.

WB con SK en la BiPA

5 Ago

Walter Benjamín con Sigfried Kracauer en la Biblioteca Popular Ambulante.

La BiPA hasta el techo

4 Ago

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Principios del montaje en la Casa del Bicentenario.

Mudanzas…

4 Ago

P1020616Estoy en mi nueva casa, a mi nueva mesa de trabajo, preparando libros nuevos de la BiPA, reparando antiguos, haciendo listas de libros y de placas por hacer. El miércoles 3 de agosto comienza la mudanza de la BiPA a la Casa Nacional del Bicentenario, donde estará activa incesantemente hasta mediados de diciembre.

 

Gran traslado

26 May

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Es un placer anunciar (¿se puede pre-anunciar? Sería anunciar que se anunciará, ¿no?)  Bueno, es un placer pre-anunciar que la Biblioteca Popular Ambulante (BiPA) se trasladará a la Casa Nacional del Bicentenario en breve, y estará abierta al público de principios de agosto a mediados de diciembre. O algo así.

En cualquier caso, haremos presentaciones de libros de la BiPA y de algún otro; lecturas de poesía de poetas publicados por la BiPA y otros; habrá cosas más raras; habrá rifas y/o sorteos de libros de la BiPA; habrá canciones; habrá producción in situ de libros instantáneos; habrá celebraciones de la cultura del consumo por medio de celebraciones de la basura; habrá comentarios sobre la ciudad según lo que se encuentra en la calle; habrá espejos; habrá libros que no se harán nunca; habrá preguntas y mapas de preguntas; habrá dislocaciones y caminatas; habrá entrega de ideas en una bonita ceremonia; habrá cursos sobre coleccionismo de dudas; habrá cosas comestibles y bebestibles en el café de la esquina; y habrá, sobre todo, sobre todo, sobre todo, ¡premios!

La BiPA se tomará la molestia de anunciar cada cosa que haya, cada evento, cada eventualidad, a su debido tiempo.

Postindustrial

2 May

La BiPA acaba de editar un libro de Felipe Sáez Riquelme, Los tambores difieren. El otro día, Felipe lo mostró a unos amigos suyos y alguien comentó que se trataba de una edición artesanal. Y aquí voy a explicar por qué los libros de la Biblioteca Popular Ambulante no son artesanales, sino postindustriales: dos maneras de hacer bien distintas.

El artesano tiene un aprendizaje, una serie de saberes y habilidades. Busca mejorar su técnica, y que los objetos que produce sean cada vez mejores, ejemplos de la expansión de su destreza. Y a eso dedica tiempo, paciencia, investigación, pruebas, y más tiempo. El trabajo de la BiPA implica todo lo contrario: cuánto más rápido se haga el libro, mejor. Hay muchos libros de la BiPA que son instantáneos, hechos en un ratito, sin pensar, entre la siesta y la merienda. La BiPA utiliza máquinas: una fotocopiadora, por ejemplo. Y utiliza papeles industriales de calidad media, papeles normales, de uso cotidiano. Se utiliza el ordenador y programas gratuitos, software libre, para agilizar el trabajo. Los libros se encuadernan con tornillos industriales comunes, o con broches que se utilizan todavía en las oficinas.

No hay que saber casi nada fuera de lo común para hacer un libro de estos. El modelo no es el artesano, sino el obrero industrial, cuyos conocimientos y habilidades se han ido devaluando, muchos perdidos en el olvido ya. El capitalismo ha encontrado la forma de devaluar, abaratar el trabajo y la producción. La BiPA es un reflejo conceptual de eso.

La BiPA toma la manera de vivir en nuestras ciudades—recogiendo basura de las calles, lo que a todos les sobra, utilizando materiales prefabricados, de uso común, utilizando máquinas caseras, relativamente baratas—la conceptualiza de cierta manera, la estetiza sin ceder ante la exigencia de lo bonito. Es postindustrial igual que ustedes, mis hermanos, igual que yo, mis iguales.

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