Ilusión

27 Jun

Siempre estoy aprendiendo a leer

Ilusionfoto2No creo en que haya que editar a una poeta porque es mujer. Creo en que hay que editar poemas potentes. ¿Las mujeres escriben distinto? Si es así, tengo que aprender a leer esas diferencias, para poder salir de mí mismo y encontrarme con su potencia. Esa era, dicha de manera muy rápida, mi postura. Aunque vale para cualquier poeta. Hay que leer y encontrar la manera de entrar en esos poemas.

Es lo que me pasó cuando me puse a editar Ilusión, el libro de Tamara Domenech que la BiPA sacó hace unos meses. Al principio no entendía nada. Lo volví a leer. De repente, uno de los poemas hizo ¡click!; luego leí el siguiente, y el siguiente, y el siguiente, ¡y ya estaba adentro de ese mundo! Hacía años que no me pasaba esto. Dejé pasar unos días y volví a leer el poemario, como para comprobar que lo que me había pasado antes no era accidental, y sí, me encontré de nuevo circulando entre las fuerzas de ese mundo poético de Tamara. Esa tercera lectura me confirmó la obligación que tenía de editar el libro.

Pero lo que más agradezco a Tamara, a sus poemas, es que me hayan enseñado a leer de nuevo. Y yo diría que ese es el trabajo de toda verdadera poesía: enseñar a leer de otra manera. Ahora mi postura ha cambiado ligeramente: no sólo trato de averiguar como entrar en un poema, sino que ahora le pido que me enseñe a leer de nuevo. Esto me exige a mí como lector, y claro, le exige a los poemas. Me exige como editor, y también como poeta.

Tengo la impresión de que estas exigencias le parecen insoportables a mucha gente. Como si hubiera que leer a la persona y no los poemas. Como si hubiera que ser cuidadosos con la persona. Pero es al revés: hay que ser cuidadosos con los poemas, aprender a leerlos. Y si después de un esfuerzo serio sentimos que no funcionan, decirlo y pasar a otra cosa.

Siempre hablo del funcionamiento de un poema. Es una forma de despersonalizarlo, separarlo de la persona que lo escribió, y es el mecanismo psicológico que utilizo para leer poemas. Para aprender a leerlos, porque de eso se trata: averiguar cómo funcionan. Hablar de funcionamiento hace pensar en máquinas. No pienso que un poema sea una máquina, pero sí que se inserta dentro un sistema impersonal, que es el del lenguaje.

El lenguaje no es de nadie, y es de todos, y lo creamos entre todos, nanométricamente día a día. Tiene sus reglas, y esas reglas han sido acordadas sin que ninguno de nosotros haya participado en el acuerdo, y nos movemos por y entre ellas cada vez que hablamos o pensamos o escribimos. ¿Cómo se enchufa un poema en ese sistema? ¿A qué otros sistemas se conecta? Y luego, ¿cómo me afectan a mí esas condiciones, consciente o inconscientemente? ¿Qué sensaciones me producen? ¿Hacia qué relación con los varios sistemas me llevan?

¡Y todo esto no tiene nada que ver con mi amiga Tamara! Evidentemente, me alegro de que su poesía sea potente, porque quiero que a mis amigos les salgan bien las cosas, y quiero que los poemas que mis amigos escriben funcionen. Pero a la hora de estar con un poema, me da igual si tengo amistad o no con quien lo haya escrito. El poema funciona o no funciona. Y mi trabajo como lector es averiguar las reglas de ese funcionamiento. Luego, si el poema no cumple con sus propias reglas, bueno, ahí tenemos un problema. Hay que averiguar si ese incumplimiento es productivo o no. Porque a lo mejor el poema marca una ruta y luego va por otro camino. Y así sucesivamente, hasta que ya haya hecho todas las lecturas posibles, o posibles para mí en ese momento.

Sé que esto es mucho pedir. Sé que estamos acostumbrados a la facilidad instantánea. Sé que la poesía no encaja demasiado bien en una cultura de consumo inmediato. Ese consumo es igualador, aunque no egalitario, mientras que la poesía es egalitaria pero no igualadora: funciona a contrapelo de lo que hemos construido como sociedad y esquema relacional. Egalitario significa que cualquiera puede leer un poema, si quiere hacer el esfuerzo, o tomarse la molestia, pero cada uno encontrará maneras distintas de leerlo—de entrar en él y de entenderlo.

Y en este sentido, creo que leer poesía es una forma de resistencia. Yo diría que es una forma de resistencia interior. Vuelvo a poner el ejemplo de mi lectura de los poemas de Tamara. Para poderlos leer, tuve que superar mis prejuicios, mi sexismo, y no sé cuantas cosas más. Tuve que cambiar algo en mí. Y lo cambié leyendo esos poemas, o porque estaba leyendo esos poemas. Y lo sé por ese ¡click! Ahí hubo un cambio, sea neuronal o espiritual o moral o estético, y de repente, mi mundo se amplió, mi perspectiva se amplió. Ese fue mi premio por el esfuerzo que hice.

Y el segundo premio fue que Tamara me permitiera editar esa colección de poemas, que ahora es un libro de la BiPA titulado Ilusión, que me gustaría que ustedes leyeran también.

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