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El juego infinito del arte

26 Ago

Existen dos tipos de juegos:

  1. Juegos finitos

* Se sabe quienes son los jugadores
* Las reglas son fijas
* El objetivo está acordado

El fútbol, por ejemplo. Juegan Boca y River, el reglamento está publicado, y el que meta más goles al cabo de 90 minutos es el ganador.

  1. Juegos infinitos

* Los jugadores son conocidos, pero también pueden ser desconocidos
* Las reglas pueden cambiar en cualquier momento
* El objetivo es que el juego se siga jugando

El comercio, por ejemplo. Ha habido comercio desde hace miles de años, y lo seguirá habiendo cuando todas las empresas, tiendas y comerciantes que hoy existen hayan desaparecido. Hay reglas, pero pueden cambiar. El comercio electrónico y el teletrabajo han hundido muchos comercios y creado nuevos. La idea es que el intercambio de bienes y servicios por dinero siga existiendo.

Cuando los jugadores juegan al mismo juego (finito contra finito, infinito contra infinito), tenemos sistemas estables. Cuando un jugador cree que está jugando un juego finito, o sea que está jugando a ganar, como si se tratara de un partido de fútbol, y se enfrenta a otro que juega un juego infinito, que juega para seguir jugando, el que lleva todas las de perder es el que está jugando a ganar. Para ganar, las reglas y el objetivo tienen que estar claros. Un jugador infinito puede cambiar las reglas cuando quiera, puede cambiar el objetivo. El jugador finito siempre estará luchando contra esos cambios y nunca llegará a su objetivo. En un juego infinito nadie gana o pierde; lo que sí hay son jugadores que abandonan el juego, por cansancio o por falta de recursos.

En el juego infinito, se trata de seguir jugando, y a lo mejor, de que algunas de nuestras mejores jugadas sean recordadas por otros jugadores cuando hayamos abandonado el juego. ¿Y no es eso la poesía, el arte? ¿Quién es artista o poeta para ganar? Para ganar ¿qué? No hay nada que ganar; sólo se trata de que la poesía, el arte, sigan existiendo. Y si para ello hay que cambiar las reglas, se cambian; tenemos montones de ejemplos de esto. Los artistas abandonan el arte o se mueren; luego vienen otros. Algunos artistas simulan que abandonan, pero en realidad están cambiando las reglas del juego—Duchamp, por ejemplo.

Entonces nuestra labor como artistas es hacer que el juego del arte perdure. Como poetas, la idea es que se siga escribiendo y leyendo poesía. Hay quienes dicen que ahora hay más poetas que lectores de poesía. Yo diría, ¡qué bien, cuantos más haya, mejor! Porque el juego va de que hay más y mejores poemas, ¿no?

(El trabajo de la BiPA es precisamente el juego infinito de la poesía. Si hace falta cambiar alguna regla, se cambia. Por ejemplo, se puede uno preguntar qué es un libro, por qué tiene que ser de cierta manera y no de otra, por qué tiene que tener cierto tipo de contenidos y no otros. La BiPA se hace esas preguntas constantemente. No siempre las respuestas son buenas, pero se sigue participando, que es precisamente el quid de la cuestión. Y hay suscripciones a la BiPA precisamente para seguir jugando; es un proyecto que necesita su apoyo.)

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La vida en los cafés (nueva edición)

26 Jun

cafes.jpgA menudo, para escribir el primer borrador de un poema, he de pisar la calle. Se da que muchos poemas empiezan por ideas que surgen caminando por la ciudad, por frases fragmentarias capturadas al vuelo de conversaciones ajenas, por experiencias o impresiones del contacto con la ciudad y el otro. A veces, la idea, o ese primer verso, requiere que continúe escribiendo, que no me detenga en esas palabras iniciales. Ahí, es cuando busco un café. Luego, puede ser que me quede a escribir el poema entero, al menos en su primera versión, o simplemente que me ponga a anotar algunas ideas. Es posible que sin esa institución—el café—crucial en la vida urbana y ciudadana desde hace siglos, muchos de mis poemas serían bien distintos, o ni siquiera existirían.

¿Y las conversaciones? ¿No forman parte integral de los ratos que pasamos en los bares y cafés de cualquier ciudad? (¿Qué puede ser una ciudad sin esos espacios públicos y privados a la vez?)

Pienso que los humanos hablamos no por hablar, y no siempre por decir algo, sino como manifestación de nuestra existencia. Intercambiamos lenguaje por medio de la voz unos con otros, como si fuera una especie de música, para estar juntos, para probar nuestra existencia, y al escuchar, para presenciar o atestiguar la existencia de los demás. No importa el contenido, sino el acto de remarcar la presencia, la vida entera de otro en unos minutos de reconocimiento.

De ahí viene este pequeño homenaje a los cafés de Buenos Aires, “La vida en los cafés”, producido por la Biblioteca Popular Ambulante.

 

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