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El inconsciente de una institución

27 Nov

IMG_8230No hay por qué comparar a Tomás Saraceno y Liliana Maresca. Debería estar prohibido, por injusto, por irrelevante, pero no lo puedo evitar—es el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) el que los ha puesto juntos, aunque claramente no revueltos. Sus muestras están en salas distintas, en pisos distintos. Uno va al MAMBA un domingo por la tarde, ve las dos muestras, alguna comparación tendrá que hacer, si es sólo por contigüidad temporal.

Esa comparación posible no es culpa del museo, ni de los artistas, y en realidad, tampoco del espectador. Pertenece al inconsciente de la institución. De ahí viene. De una serie de traumas originales de cualquier institución del arte moderno y contemporáneo: cómo aceptar las revoluciones artísticas del siglo XX, con sus héroes y villanos, sin por ello tener que seguir sus programas a rajatabla. Y peor, cómo ponerlas en el mismo edificio, al mismo tiempo, junto con obras que se adaptan perfectamente al modus operandi del arte burocrático actual.

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Algo no me cuadraba de la obra de Saraceno. La obra es perfecta, de una belleza extraordinaria; luego, comparándola, me di cuenta: la obra de Maresca proyecta vida, intensidad, la pasión y el desastre de vivir al máximo. Lo de Saraceno está muerto, es una obra bella pero fría, funeraria, es puro barroco del más frío, pasado por otra frialdad, la de una suerte de minimalismo muy del gusto del capitalismo actual. La obra de Maresca es moral; la de Saraceno es moralista. Una celebra la vida, la otra es un recordatorio de la muerte.

Las instituciones del arte, en todo el mundo, hace décadas que se dieron cuenta de que para sobrevivir (y no caer en la irrelevancia, como las del siglo XIX), tendrían que dar espacio al arte que iba en contra de ellas, a todo arte revolucionario. Había que domeñar este impulso revolucionario del arte. Y para ello se fueron creando toda clase de procesos burocráticos: el auge de los curadores. Si es usted un artista distinto y con ideas, no se preocupe, lo vamos a ahogar en papeleo hasta que se calme. Incluso vamos a crear un lenguaje específico—como es el deber de toda burocracia—que usted tendrá que aprender. Cuando hablamos de la “profesionalización del artista”, eso es lenguaje institucional para decir que el artista tiene que aprender el lenguaje de las instituciones.

Saraceno domina ese lenguaje. Maresca está lo más lejos posible de él, pero podemos mostrarla porque aplicaremos, ya que está muerta, nuestro propio lenguaje a su obra. Por suerte, esa obra se defiende sola y es visible a través del prisma burocrático.

 

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Claustrofobia

31 Ago

De la Nisuléter #22

Soy claustrofóbico. A todos los niveles, macro y micro. En los 10 años que hace que vivo en Buenos Aires—sin una sola vez haber viajado al exterior del país—rara vez me he sentido encerrado. Creo que el último ataque serio me dio en 2012. Por suerte, el ascensor en mi edificio es de rejas, de esos antiguos, aunque con el mecanismo bien mantenido.

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De El libro de la buena y/o mala letra de los otros encontrada en la calle

El otro día, sin embargo, me dio un pequeño ataque de claustrofobia; nada serio, duró sólo unos minutos, y logré disipar el pánico con relativa facilidad. Estaba leyendo unos    poemas de August Kleinzahler, uno acerca de una tormenta de arena en Pekín, cuando de repente sentí una especie de urgencia por comunicarme con el exterior. No con nadie en particular, claro—para eso tenemos todos esos servicios gratuitos online—sino con una situación. Parece absurdo pero me sentía atrapado en un ayer sin salida hacia un hoy o un mañana: la urgencia que me entró de manera tan súbita era por saber que está pasando en el arte, hoy, hoy, hoy. O qué podría estar pasando mañana.

Lo de ayer ya lo sabemos: para eso están las instituciones, las galerías, los museos, las ferias, los libros, las revistas y hasta internet. La gente viaja y te trae el catálogo de la Documenta—ayer, eso es puro ayer. Si lo están mostrando las instituciones, es que ya está digerido. ¿Con qué frecuencia nos hace falta recordar lo que cenamos en casa, viendo Juego de tronos, un lunes del mes pasado?

En mi urgencia claustrofóbica, necesitaba saber que está pasando hoy, qué es lo que se está pensando y haciendo que todavía no hayamos ingerido, masticado y estemos en proceso de digerir—ya conocen el resto del proceso. Para eso no se puede hacer turismo, hay que afincarse un tiempo, quedarse quieto y observar, ponerse al acecho. Hay que entrar en conocimiento de la gente, conversar con ellos, ganarse su confianza hasta que muestren su trabajo—lo que no haya sido ya absorbido por el sistema, lo que esté inventando alguna versión de hoy, o con mucha suerte, de mañana.

Por fortuna, el ataque de encierro se me pasó pronto. Lo controlé con la destreza que llevo años ensayando, casi siempre en silencio. Ahora, de nuevo, puedo quedarme tranquilo en este ayer artístico que con tanta comodidad habitamos en Buenos Aires.

Registro (Tomo 10)

23 Ago

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Una página del tomo 10 del REGISTRO, archivo general de la BiPA.

(Dicho REGISTRO se compone, por ahora, de 21 tomos, o carpetas con hojas de papel escolar. La idea es llegar a 53, y cerrarlo ahí).

SUSCRIPCIONES (BiPA)

9 Ago

FORMATOS DE SUSCRIPCIÓN

(Todas las suscripciones son por 12 meses, lo que habitualmente llamamos un año; y si piensan en la inflación que hay, está claro que cualquiera de las tres es una ganga).

PARA SUSCRIBIRSE (o resolver cualquier duda):
bipambulante (arroba) gmail.com.

Suscripción #1

Precio: 500 pesos por mes

Incluye:

12 libros de texto (uno por mes)

4 libros objetuales (uno cada tres meses)

2 placas de pared (una cada 6 meses)

1 taza con el logo de la BiPA (en el cuarto mes de la suscripción)

50% de descuento en seminarios y talleres de Roger Colom (durante 2017 y 2018)


Suscripción #2

Precio: 300 pesos por mes

Incluye:

12 libros de texto (uno por mes)

2 libros objetuales (en el cuarto y octavo mes de la suscripción)

1 placa de pared (en el último mes de la suscripción)

1 taza con el logo de la BiPA (en el sexto mes de la suscripción)

50% de descuento en seminarios y talleres de Roger Colom (durante 2017 y 2018)


Suscripción #3

Precio: 100 pesos por mes

Incluye:

12 libros de texto (uno por mes)

1 placa de pared (en el último mes de la suscripción)

1 taza con el logo de la BiPA (en el sexto mes de la suscripción)

50% de descuento en seminarios y talleres de Roger Colom (durante 2017 y 2018)

Antes el paisaje

5 Jul

AeP-021997 fue un año difícil para mí. Nos habíamos mudado de Coruña a Valencia, una ciudad donde no conocía a nadie, no tenía trabajo, no me encontraba. Bajo el brazo llevaba un poema en el que hacía meses que estaba trabajando. Vivíamos en un departamento en la Plaza del Negrito, zona de copas en el casco antiguo, y muchas noches no podíamos dejar las ventanas abiertas, por el ruido; nos moríamos de calor. Tengo la imagen de la mesa de trabajo que compartíamos, los alteros de archivos y papeles, libros. Y ahí me sentaba por las tardes y seguía con ese poema, Antes el paisaje.
Lo di por terminado en septiembre. Nunca lo publiqué, nunca dejé de sentirlo demasiado cercano.
Empecé a conocer gente en la ciudad, a hacer algunos trabajos. Un día, le pasé una copia del poema a Pep Izquierdo. Otro día me dijo que ese poema había restaurado su fe en la poesía escrita en español. Cierto pudor me llevó a no publicarlo, creo que yo mismo había perdido la fe en la poesía, sobre todo en la que se escribe en español. Seguí escribiendo otras cosas, pero de otra manera, y trabajando en otras cosas: volví al teatro. En 1999 hice un libro de poemas con fotos de Fernando Villavert, quizá el libro más bonito que he hecho. Antes el paisaje quedó guardado.
Hace unos años lo volví a leer y me destrozó. Decidí, de nuevo, no publicarlo, pero lo colgué en el blog Paseante Extranjero, donde sigue estando y ustedes lo pueden leer gratis. Sin embargo, ahora que se cumplen 20 años de Antes el paisaje, he decidido publicarlo. Es una edición de la Biblioteca Popular Ambulante, claro. A lo mejor a alguno de ustedes le interesa. Si me vienen siguiendo, verán que es completamente distinto a lo que escribo ahora. Veinte años es un trecho a recorrer. Pero creo que el poema tiene fuerza. Un día debería convencer a Felipe Sáez Riquelme para que me ayude a hacer una versión para el escenario. Es posible que ese poema sea más relevante hoy que cuando lo escribí.
En cualquier caso, si a alguien le interesa esta edición, que tras veinte años me parece que estoy obligado a hacer, no duden en decírmelo. El precio será de 100 pesos. Cada ejemplar, de los poquísimos que voy a sacar, irá numerado y firmado, como suele ocurrir con los libros de la BiPA. Puedo dedicarlo también, aunque no soy muy aficionado a esas cosas.
(Al releer esto que acabo de escribir, me doy cuenta de que sigo reticente. Sigue habiendo algo en mí que no quiere publicar este poema. Pero creo que se lo debo… al poema.)

Ilusión

27 Jun

Siempre estoy aprendiendo a leer

Ilusionfoto2No creo en que haya que editar a una poeta porque es mujer. Creo en que hay que editar poemas potentes. ¿Las mujeres escriben distinto? Si es así, tengo que aprender a leer esas diferencias, para poder salir de mí mismo y encontrarme con su potencia. Esa era, dicha de manera muy rápida, mi postura. Aunque vale para cualquier poeta. Hay que leer y encontrar la manera de entrar en esos poemas.

Es lo que me pasó cuando me puse a editar Ilusión, el libro de Tamara Domenech que la BiPA sacó hace unos meses. Al principio no entendía nada. Lo volví a leer. De repente, uno de los poemas hizo ¡click!; luego leí el siguiente, y el siguiente, y el siguiente, ¡y ya estaba adentro de ese mundo! Hacía años que no me pasaba esto. Dejé pasar unos días y volví a leer el poemario, como para comprobar que lo que me había pasado antes no era accidental, y sí, me encontré de nuevo circulando entre las fuerzas de ese mundo poético de Tamara. Esa tercera lectura me confirmó la obligación que tenía de editar el libro.

Pero lo que más agradezco a Tamara, a sus poemas, es que me hayan enseñado a leer de nuevo. Y yo diría que ese es el trabajo de toda verdadera poesía: enseñar a leer de otra manera. Ahora mi postura ha cambiado ligeramente: no sólo trato de averiguar como entrar en un poema, sino que ahora le pido que me enseñe a leer de nuevo. Esto me exige a mí como lector, y claro, le exige a los poemas. Me exige como editor, y también como poeta.

Tengo la impresión de que estas exigencias le parecen insoportables a mucha gente. Como si hubiera que leer a la persona y no los poemas. Como si hubiera que ser cuidadosos con la persona. Pero es al revés: hay que ser cuidadosos con los poemas, aprender a leerlos. Y si después de un esfuerzo serio sentimos que no funcionan, decirlo y pasar a otra cosa.

Siempre hablo del funcionamiento de un poema. Es una forma de despersonalizarlo, separarlo de la persona que lo escribió, y es el mecanismo psicológico que utilizo para leer poemas. Para aprender a leerlos, porque de eso se trata: averiguar cómo funcionan. Hablar de funcionamiento hace pensar en máquinas. No pienso que un poema sea una máquina, pero sí que se inserta dentro un sistema impersonal, que es el del lenguaje.

El lenguaje no es de nadie, y es de todos, y lo creamos entre todos, nanométricamente día a día. Tiene sus reglas, y esas reglas han sido acordadas sin que ninguno de nosotros haya participado en el acuerdo, y nos movemos por y entre ellas cada vez que hablamos o pensamos o escribimos. ¿Cómo se enchufa un poema en ese sistema? ¿A qué otros sistemas se conecta? Y luego, ¿cómo me afectan a mí esas condiciones, consciente o inconscientemente? ¿Qué sensaciones me producen? ¿Hacia qué relación con los varios sistemas me llevan?

¡Y todo esto no tiene nada que ver con mi amiga Tamara! Evidentemente, me alegro de que su poesía sea potente, porque quiero que a mis amigos les salgan bien las cosas, y quiero que los poemas que mis amigos escriben funcionen. Pero a la hora de estar con un poema, me da igual si tengo amistad o no con quien lo haya escrito. El poema funciona o no funciona. Y mi trabajo como lector es averiguar las reglas de ese funcionamiento. Luego, si el poema no cumple con sus propias reglas, bueno, ahí tenemos un problema. Hay que averiguar si ese incumplimiento es productivo o no. Porque a lo mejor el poema marca una ruta y luego va por otro camino. Y así sucesivamente, hasta que ya haya hecho todas las lecturas posibles, o posibles para mí en ese momento.

Sé que esto es mucho pedir. Sé que estamos acostumbrados a la facilidad instantánea. Sé que la poesía no encaja demasiado bien en una cultura de consumo inmediato. Ese consumo es igualador, aunque no egalitario, mientras que la poesía es egalitaria pero no igualadora: funciona a contrapelo de lo que hemos construido como sociedad y esquema relacional. Egalitario significa que cualquiera puede leer un poema, si quiere hacer el esfuerzo, o tomarse la molestia, pero cada uno encontrará maneras distintas de leerlo—de entrar en él y de entenderlo.

Y en este sentido, creo que leer poesía es una forma de resistencia. Yo diría que es una forma de resistencia interior. Vuelvo a poner el ejemplo de mi lectura de los poemas de Tamara. Para poderlos leer, tuve que superar mis prejuicios, mi sexismo, y no sé cuantas cosas más. Tuve que cambiar algo en mí. Y lo cambié leyendo esos poemas, o porque estaba leyendo esos poemas. Y lo sé por ese ¡click! Ahí hubo un cambio, sea neuronal o espiritual o moral o estético, y de repente, mi mundo se amplió, mi perspectiva se amplió. Ese fue mi premio por el esfuerzo que hice.

Y el segundo premio fue que Tamara me permitiera editar esa colección de poemas, que ahora es un libro de la BiPA titulado Ilusión, que me gustaría que ustedes leyeran también.

HASTALUEGO

4 Jun

Les habla, o escribe, Roger Colom. Lo que sigue es el prólogo que incluí en esta (única y supercorta) edición de HASTALUEGO,  un libro de poemas encontrados en la calle, de Pablo Ramborger, cuya muestra de pintura, dibujo, collage y algunas obras conceptuales se inauguró en La Plata el 1 de junio pasado. La curaduría es mía.

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El poema de frases encontradas tiene ya una larga historia, y rara vez deja de sorprender. Hace décadas que los poetas descubrimos la calle e incluimos frases oídas en la vía y la vida pública en nuestros poemas. Es porque, caminando en dirección contraria al mito de la originalidad, hemos cobrado consciencia de que las palabras no son nuestras, no somos sus propietarios ni podemos privatizarlas. Ud. puede usar mi verso para lo que quiera, cuando quiera, de la misma manera en que yo haré uso de su frase para hacer un verso, un poema entero.

La gracia no se encuentra tanto en qué palabras elegimos, sino en cómo las usamos, donde las colocamos para conseguir una cierta eficacia en el efecto, y el afecto, que buscamos. Si las palabras forman parte de nuestra naturaleza social, los poemas son puro artificio en imitación de esa naturaleza. El movimiento (¿lateral?) hacia lo literal crea una tensión entre naturaleza y artificio que a su vez produce la sensación de estar ante un poema. Luego, con suerte, ese poema llegará a ser poesía, aunque eso depende más de quien lee—y del futuro—que del poeta.

Hay poetas que abren puertas; los hay que las cierran. John Ashbery ha dicho que no importa lo que se diga, mientras suene a poesía. En otras palabras, todo, absolutamente todo, y todas las palabras, no importa quien las diga, puede formar parte del poema.

Pablo Ramborger, artista plástico y poeta con instinto democrático, pertenece al campo de los que prefieren las puertas abiertas. Sus poemas muestran, a veces, lo sublime, a veces lo ridículo de nuestras conversaciones, nuestra vida social—arriesgan esa cuerda floja, y a menudo la tensan. Y lo mejor: ¡están llenos de sorpresas! Los he leído muchas veces y no dejan de asombrarme y alegrarme.

Creo que no es otra cosa que la alegría de salir a la calle, para adentrarse, con la válvula del disfrute bien abierta, en las conversaciones de los demás, oídas a fragmentos, las palabras de la tribu en plena vibración, aquello que la realidad tiene de involuntariamente bello. Esa belleza está en estos poemas.

Esa búsqueda, además, encaja a la perfección con el proyecto poético de la Biblioteca Popular Ambulante. Espero que la disfruten tanto como yo.