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La bandera

21 Sep

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Acción BiPA N°1

6 Sep

La Biblioteca Popular Ambulante presenta una lectura experimental (casi siempre en voz alta) de algunos de sus libros más ilegibles, además de algunas teorías (no siempre alternativas) sobre la poesía conceptual (si bien toda poema que sea poesía es conceptual, y lo ha sido siempre).

Es en la Casa del Bicentenario (Riobamba 985), el jueves 8 de septiembre, a las 19 horas.

 

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Anti-BiPA

4 Sep

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6 poetas en la BiPA

1 Sep

6poetas

El libro de los espejos involuntarios

25 Ago

Espejos

Como no tengo historia—Historia—, o la que tengo no me pertenece, o es una de expulsiones y líneas de fuga, no pertenezco a ningún lado. Tengo dos pasaportes, vivo indocumentado en un tercer país. Soy y no soy lo que llaman un sinpapeles. No se me ocurre una manera mejor de marcarme como poeta.

Mi lugar siempre ha sido un afuera, a veces más lejano, a veces menos. O una línea de frontera, un límite cuyas fisuras siempre hay que explorar. Crecí en México. A los 8 años nada me fascinaba más que su historia: las pirámides, los templos prehispánicos, las iglesias, los palacios de la época colonial. Me asombraba la antigüedad, la belleza. En la frontera, en el desierto, eso no existía. Me llevó años aprehender la belleza del desierto; y muchos más aprender a aprehender la belleza de lo que carece de valor. Y todavía más, a no soltarla, agarrarme a ella como a una última botella de agua dulce en medio del mar, otro desierto.

A los 12, mis padres me enviaron a estudiar al otro lado de la frontera; mi vida recomenzó en inglés. Vivía de un lado y estudiaba del otro, cruzaba todos los días, de ida y de vuelta. Vivía a caballo de la frontera, de la línea divisoria de dos lenguas y dos culturas, y en casa tenía, además, el catalán, y otra conciencia de lugar, o la consciencia de otro lugar, uno en el que no estábamos, un afuera que a la vez era nuestro interior: lejano, casi secreto. O no secreto, sino guardado en cajones, en fotografías, en lo que se contaba en casa, en lo que se hablaba y no se podía repetir afuera. Nuestro interior estaba lejos y lo llevábamos adentro, siempre con nosotros, al cruzar la frontera, el límite entre una cultura y otra, reforzado con vallas, barreras, armas y preguntas. Esa es mi definición de nómada.

La frontera es un espejo para cada lado, un espejo que permite ver a través de él, y que al mismo tiempo refleja a quien mira. Otro espejo a través del cual miro es la historia de la lengua de mi escritura. A los 20 años, un amigo me preguntó por qué no dejaba de escribir en español y lo hacía en inglés. El mercado para la literatura en inglés era mayor y mejor; lo sigue siendo. El español, en su forma escrita, se había convertido para mí en una lengua extranjera. De manera instintiva la elegí. A los 25 todavía escribía en inglés y catalán. A los 28 empecé a vivir en Galicia, y a hacer teatro en gallego. A los 33 me mudé a Valencia, hice teatro en valenciano, recuperé algo de la vida cotidiana en catalán. Si Catalunya era un lugar, quizá el nuestro, nunca volví a él para vivir. Siempre viví en lugares periféricos, donde se hablaba español, pero no el de ningún centro. Se hablaba con acento: de Chihuahua o de Texas, de Galicia, de Valencia, de Argentina. Vivo en Buenos Aires porque es un centro alejado del Centro, y el acento del español que se habla ahí no es el mío. Ya no sé cuál es mi acento; se me han mezclado todos. Soy un extranjero en mi propia lengua.

No tengo Historia como tampoco tengo Libro. Tengo muchos libros, muchas historias, muchos acentos.

BiPA: teoría/01

21 Ago

Una ciudad, de noche, es un escaparate vacío.— Edmond Jabés

Según Walter Benjamin, los filósofos son los “lacayos peor pagados de la burguesía internacional.” Ahora que los filósofos han sido internados, quizá para siempre, en el loquero que es el sistema académico, llega el turno de los poetas para ser domesticados—los que no se dejen domesticar serán ninguneados.

Hace dos siglos que los escritores de prosa—novela, cuento, ensayo—viven en el exilio que es el comercio, donde subsisten a duras penas como inmigrantes económicos. Dependen enteramente de las necesidades y obligaciones de las editoriales y las distribuidoras de libros. El comercio de las artes plásticas ha cobrado volumen en las últimas décadas, a nivel internacional, y los artistas luchan a cuchillo entre sí para que se les incluya en sus redes de explotación. El modelo para el comercio del arte es el de las industrias extractivas (extra-activas): devastación del territorio, exclusión de la población local, destrucción de ecosistemas, escaso influjo de riqueza al lugar de donde se extraen los recursos, sean naturales o imaginativos. La gente que vive en estos territorios termina luchando entre sí por la supervivencia. La fama, el ego, es la tara trágica que conduce a los artistas al combate cuerpo a cuerpo, la guerra de trincheras donde morirán para ser enterrados en la fosa común del olvido.

En algunos países, la burguesía ha encontrado que el mejor sitio para alojar a los poetas sin que la avergüencen demasiado cuando hay visitas, es la universidad. Por suerte, en nuestro país todavía no ha ocurrido esto, y los poetas seguimos ostentando una enorme libertad de morirnos de hambre, de vestir andrajos y avergonzar a los burgueses cuando menos lo esperan por medio de nuestra mera presencia y algún que otro comentario suelto.

Desde Baudelarie ha quedado claro que la ciudad y sus calles son el hábitat natural de los poetas (“la ciudad es nuestra nueva naturaleza”). Baudelaire comparó al poeta con el trapero—lo que en la Argentina actual sería un cartonero—y Benjamin siguió esa pista para conceptualizar su propia labor. Pero el mundo ha cambiado y el poeta ha perdido status—hoy resulta más preciso agruparlo con los indigentes y los que buscan comida en los contenedores de basura que el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires ha tenido a bien colocar de dos en dos en cada cuadra.

La basura es el principal sustento de los poetas. Las palabras que la gente gasta y tira sin pensar, como si fueran envoltorios de golosinas o latas y botellas de plástico, son recogidas del piso, y cazadas al vuelo, por los poetas como si fueran billetes de 100 pesos. Con internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, la basura lingüística ha proliferado de tal manera que los poetas no dan abasto y algunos empiezan a hablar de crisis ecológica y el consiguiente colapso de la civilización. Otros meramente se ríen, sin dientes, y siguen persiguiendo billetes de 100 por la vereda, los andenes del subte, en trenes y colectivos, y donde sea que la gente habla o mensajea, para correr luego a sus guaridas a contarlos y anotar los números de serie en sus cuadernos o notebooks.

La BiPA es el trabajo de un poeta que ha literalizado la recogida de basura. Ya no levanta palabras como envoltorios, sino que echa el guante a los envoltorios mismos. (Lo del guante también es literal). Los poetas del siglo XX estaban equivocados: no se trata de crear más metáforas, de estilizar al máximo el lenguaje, sino de llevarlo a los límites de su propia literalidad. Lo literal no es sólo la puesta en crisis de la metáfora, sino también de la literatura y hasta del mismo lenguaje. Es en ese espacio y tiempo de crisis que la labor del poeta, el trabajo de la poesía, cobra su sentido. Lo cobra como una pensión que el estado otorgara a los indigentes, o como el sueldo básico universal que el capitalismo actual (y su burguesía) tiran a la cara de los trabajadores que han sido desplazados por máquinas y de los que ya no cabemos (por elección propia o no) en el sistema de producción de riqueza para otros.

La BiPA en la Casa del Bicentenario 

13 Ago

12 de agosto de 2016: arranca la andadura de la BiPA en la Casa del Bicentenario, Buenos Aires.